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Nuevo examen para el fútbol negro, no sólo por ser Nigeria el país africano con mayor población, sino por la diversidad de raíces de color que caracteriza siempre a Francia y a su selección.

Francia, un crisol de culturas donde confluyen jugadores altos y poderosos como Pogba, una bestia de la naturaleza, y bajitos y elegantes en su juego como Valbuena y Griezzman; Nigeria, tan aturdida en las últimas décadas por crisis y guerras internas, tan atacada por la desigualdad entre la riqueza de su tierra y la pobreza de sus gentes. Una parte esencial para entender la historia de África, y de las colonias, que ha sufrido y sufre tanto en muchos aspectos de la vida, que siente que el karma le debe buenas noticias. Y hoy 30 de junio de 2014 era un día propicio para empezar a recibirlas al menos en el mundo del deporte.

No habían jugado bien los nigerianos en la fase de grupos, pero la opción de convertirse en ídolos de todo un continente les imbuyó de espíritu y energía. Y así salieron a jugar, sin complejos y con una fe y verticalidad atacante que hicieron que el partido, en la primera parte, fuese un continuo ida y vuelta. Un toma y daca donde Onazi y Mikel desplegaban su fuerza, y donde la condición atlética de Pogba y Matuidi nos invitaba a pensar que estábamos presenciando una lucha de titanes de ébano. No se dieron muchas oportunidades de gol en esta primera parte pero la sensación fue de haber presenciado los mejores cuarenta y cinco primeros minutos de partido en lo que va de mundial, que es decir más que mucho.

Esta encarnizada batalla se trasladó al nivel físico cuando el pobre Onazi, que pasaba por allí, cayó severamente lesionado tras una brutal entrada de Matuidi, repentino talón de Aquiles del joven centrocampista nigeriano, que tuvo que ser desalojado del terreno de juego con el tobillo destrozado. Alababa antes las magnificencias de la potencia exhibida por estos jugadores franceses, pero esa potencia, sin control, lejos de no servir de nada, hace además ocasionales flacos favores a la limpieza y al fair play. Éste fue, sin duda, uno de esos momentos.

Se fue poco a poco enfriando el partido hasta que Deschamps, como la mayoría de los que estabamos viendo el encuentro, se dió cuenta de que hacía falta un gancho entre Pogba, Valbuena y Benzema. Alguien que supiese asociarse y devolver paredes. Así que dió paso a Antoine Griezmann. Y a partir de ese momento, todo cambió. El jugador de la Real Sociedad se hizo amigo de todos los que querían amansar la pelota, generó juego, remató peligrosamente y cambió la cara de Francia lo suficiente como para que cinco fulgurantes minutos atacantes produjesen el primer gol, cabezazo de Pogba tras rechace mediante, y el choque llegase a sus postrimerías con la suficiente inercia como para que el balón cayese por vez segunda en las mallas de la portería de Nigeria, tras inocente fallo defensivo y posterior gol en propia puerta, oportunista incordio de Griezman, en área pequeña, incluido.

Se despide Nigeria del mundial con la cabeza alta pero con la eterna sensación de que no hay fecha fija aún para la definitiva explosión del fútbol negro, que lleva haciéndose de rogar casi tanto tiempo como el que ha pasado desde que Nigeria, allá por 1960, dejase de ser colonia de los inventores del fútbol, Inglaterra, país eliminado del mundial antes incluso que ellos.