Blue Flower

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Me sorprende la capacidad que tienen los hinchas de fútbol de los estadios para, algunos, no todos, pasarse los noventa minutos cantando un mismo soniquete sin parar, como alienados por la melodía que sale de sus gargantas, incapaces de pensar en otra cosa que no sea ese runrun o de hacer un stop. Desconozco qué efecto negativo puede tener esto en los jugadores y aficionados rivales o qué efecto positivo tiene en su equipo y en ellos mismos. Supongo que acaba teniendo algún tipo de resultado, aunque sólo sea por aplastamiento.

Ese dale Mariano al torno pudo ser el causante de la alarmante apatía que los belgas alcanzaron en el partido de cuartos de final contra Argentina. Tal vez fueron imbuidos por el sopor que generaba la letanía constantemente cantada por la hinchada albiceleste, llamada Brasil, decime qué se siente, y que admitiré que durante unos pocos minutos si que puede tener su aquel. O tal vez simplemente se debió a ese lento trasegar con que se mueven por el campo, con o sin balón, Witsel y Fellaini. Grandes jugadores ambos, pero en ocasiones, esa pausa que tienen y que a menudo les beneficia, se torna en dejadez, en aparente pasotismo ante lo que ocurre en derredor. En momentos como los vividos contra Argentina, estoy convencido de que estaban pensando más en tomarse unas deliciosas cervecitas de abadía y en escuchar reggae en las mansiones en donde probablemente vivan (si es el caso, hacen igualmente bien. El crimen sería no disfrutar de lo que tienen oportunidad de disfrutar).

En circunstancias como la relatada suelen aparecer los jugadores de garra, los deportistas que no sólo no son vulnerables a la crítica, sino que ello les sirve de acicate. Les va el mambo y ser objeto de discusión. Cuanto más en entredicho están, con mayores y renovadas energías resurgen. Y un ejemplar de esa raza es sin duda Gonzalo Higuaín, definido muy acertadamente por Santiago Segurola hace años como El Delantero Indetectable. Y qué razón llevaba cuando lo bautizó de esa manera. Fue el mejor del partido sin discusión alguna. Trazó diagonales, culebreó por entre los defensas centrales, filtró balones, volvió locos a los rivales y, en una de tantas que perpetró, cazó un balón rebotado y con un disparo hábil lo introdujo en la portería, antes siquiera de que sus propios compañeros se enterasen. Antes, seguro, de que los fans argentinos viesen su sinuoso movimiento, ocupados como estaban con su canción.

Relatar más del partido sería restarle importancia al protagonismo que tuvo El Pipita. Decir que Di María hizo un buen encuentro hasta que tuvo que irse lesionado en la primera parte (no jugará más en este mundial), y contar que Mascherano esta vez fue jefecito y que Messi apareció poco, sería difuminar en estas líneas el valor capital que el jugador del Nápoles tuvo para llevar en volandas a Argentina a las semifinales de mundial. En Sudáfrica tuvimos las vuvuzelas y aquí tenemos a los argentinos con sus cantares. Y yo, Brasil, quería preguntarte: dime, ¿qué sientes?.

 

Gol de Pipita a Bélgica