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La final de un mundial. Ese cenit al que aspiran todos los futbolistas desde que inician sus carreras y todos los niños desde que empiezan a tener sueños de futuro. Después de jugarla, uno ya puede morir tranquilo deportivamente. Si se gana, mejor, claro está, pero son 90 minutos (ó 120) tan grandilocuentes que siempre será la primera anécdota que cuenten, cuando sean viejos, aquellos que tuvieron la oportunidad de disputarla.

Y la final de Brasil 2014 les tocó jugarla, por dispares méritos, a Alemania y a Argetina. Pareció, en los primeros minutos, que Messi se erigiría en líder y héroe. Se le veía fresco, pudiendo en todo momento con los no tan rápidos defensas alemanes. Participando mucho, asociándose con Lavezzi, el otro destacado de la albiceleste. Alemania tenía el balón sin profundidad, y las contras de los dos jugadores citados llevaban un aura de constante peligro, hasta el punto de forzar al tan eficaz y tan alemán Toni Kroos a regalar un balón a Higuaín, quien se quedó sólo frente a Neuer y que de tan bueno que le pareció el regalo, decidió fallarlo garrafalmente.

Esos espacios para las contras...¡ay!, la de estropicios que habría hecho Di María en esa zona de haber llegado sano a la final. Pero no fue así y lo que si fue así fue el paulatino crecimiento de Alemania, que poco a poco se hizo con el control y tuvo la pelota como a Löw le gusta, es decir, como la buena España practicaba. A los tiros fuera y llegadas peligrosas sin tiro, Alemania iba respondiendo con tiros a puerta cada vez más certeros, cabezazo al palo incluido, por parte de Höwedes, en las postrimerías de la primera parte. El choque, más tarde, acabaría con la impactante cifra de cero tiros a puerta de Argentina.

Alemania supo rehacerse al inconveniente inicial de la lesión que Khedira sufrió en el entrenamiento previo, y que hizo que no pudiese presentarse a la batalla. Baja muy importante, habida cuenta del enorme mundial que el madridista venía realizando. Su sustituto, Kramer, duró poco en el campo y tuvo que ser, a su vez, sustituido por un golpe que le dejó en un peligroso estado de semiconsciencia. Esa sustitución fue la que cambió la tendencia del partido. Schürrle dió brío y verticalidad al ataque germano y Argentina reculó y reculó, como había hecho durante todo el mundial. Aguantó hasta la segunda parte de la prórroga, pero esta vez, al contrario que en las eliminatorias previas, la magia apareció en el rival.

Un Mario Götze que había ido perdiendo el puesto en la competición a favor de Klose, entró en el minuto 88 y en el 113 bajó magistralmente de las nubes, dentro del área, un gran balón de Schürrle y, sin esperar a que el esférico tocase el cesped, empalmó hacia el segundo palo, regalando miles de instantáneas a los privilegiados fotógrafos ubicados tras la portería de Romero. Nosotros tuvimos el Iniestazo y éste ha tenido un gran sustituto. El Götzeazo ya es parte de la posteridad alemana. Ya llevan cuatro estrellitas en el pecho y Brasil comienza a sudar.

 

Götzeazo

 

Si analizamos los mundiales conquistados por Alemania (1954, 1974, 1990, 2014), y le sumamos su papel en los que no ha ganado, podemos ver un claro patrón: salen a trofeo por cada veinte años y cuando no ganan, siempre, al menos, llegan a cuartos. Me atrevo a decir que Alemania es el claro dominador de la escena mundial en el último medio siglo largo. El dinero llama al dinero y el triunfo llama al triunfo, merecidísimamente, he de decir.

En cualquier caso, este mundial será recordado durante unos pocos años por ser el cuarto de Alemania, pero según el tiempo se vaya comiendo al tiempo y los recuerdos se vayan difuminando en nuestras cabezas, lo que quedará para los restos será ese epopéyico 1-7 con que Alemania destrozó a Brasil. No recordaremos demasiado la grandísima sorpresa que fue Costa Rica, ni la decepción mayúscula que fuimos España y ni tan siquiera recordaremos que Messi, en una nueva evidencia de que la FIFA chochea, fue proclamado mejor jugador del mundial.

El mundial ha acabado, con un nivel medio algo decepcionante pero ha sido un mundial. Eso que ocurre cada cuatro años y que nos ayuda a ubicarnos a nosotros mismos en cada una de nuestras etapas vitales. Dónde estabamos, qué estaba acabando para nosotros, qué estaba empezando, qué edad teníamos. No sé vosotros, pero yo ya estoy ansioso de ver qué nos depara la Eurocopa de Francia 2016 y el mundial de Rusia 2018, futbolísticamente y vitalmente. Y aquí, en Blog en las Gaunas, lo contaremos. Prost!